Obsesiones oscuras.
Los cuatro moteros del apocalipsis (III)
Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer ser viviente, que decía: «Ven». Miré, y vi un caballo negro. El que lo montaba tenía una balanza en la mano.
Ap. 6,5
Y oí una voz de en medio de los cuatro seres vivientes, que decía: «Dos libras de trigo por un denario y seis libras de cebada por un denario, pero no dañes el aceite ni el vino».
Ap. 6,6.
¿Cómo vas a empatizar con ellos? ¿Soy Lara, Guardia Civil de tráfico, o soy el último eslabón de la empatía humana?
Hay algo nauseabundo e insoportable en los hombres. Especialmente en los hombres heterosexuales moderadamente drogadictos, que beben, que eructan, que solo quieren infectar tu algoritmo aunque un asomo de brillo chispee como un lago moribundo en sus ojos, que no escuchan cómo te sientes aunque te sientas mal por su culpa. Es algo que fácilmente puede decirse de todos los hombres. Los hombres rompen los sellos del apocalipsis. Y no los rompen como hace mil años los rompieron los demonios de la muerte, no como los ángeles exterminadores. Los hombres, entiéndeme, los hombres heterosexuales, los rompen al margen de la profecía, los contaminan, los inseminan con aridez, el apocalipsis de los hombres no tiene una gran explosión, es solo posapocalipsis.
Aquella mañana el sol, el asfalto y el timbre de la muerte se besaron en un camino de olor a zarzas y a jara pringosa. Las manos de Lara apretando el manillar de la moto estaban empapadas de sangre. Es una metáfora, evidentemente. Porque la sangre de las víctimas no empapa mis manos, les he corrido a balazos desde lejos y he escuchado a sus cuerpos caer. Satanás estaba dentro de ella y era tarde para hacer nada. Por la mente de la motorista, imbuida en el casco de Guardia Civil, pasaron las peores obsesiones, las turbaciones más oscuras y estresantes.
Los hombres siempre han dado asco, y él nunca fue, ni quiso ser, una excepción. En 1334 Ignacio tenía algo heroico, algo encomiable. Era un hereje, un hereje viajando secretamente de posada en posada, acuchillando a clérigos por la espalda. Ahora ese hombre es solo ruido, Ignacio es el clon de una reencarnación que fue el clon de una reencarnación que fue la reencarnación de un clon. Ha cruzado los siglos acuchillando a clérigos. Lo que queda de Ignacio es una obsesión oscura y nauseabunda en el cerebro de una Guardia Civil víctima de los espíritus horribles de hombres desnudos. Hubo un tiempo en el que Satanás era un hombre, sencillamente un hombre, que recorría a caballo estos montes. En 1354 lo colgaron. Y después vendrían las reencarnaciones, cada vez más sucias, cada vez más bolas y bolas de gusanos, cada vez más clonaciones sucesivas de masas informes de gusanos. Después vendrían los asesinatos de niños. Después los hoteles con luces de neón. Después las goteras. Después los chasquidos y el viento cortante, después el terrorismo. Pero nunca esto, nunca había cobrado la forma de una obsesión de muerte en un cerebro de mujer.
Después de siglos de réplicas, Ignacio es más un vector que una maldición. Ignacio es una obsesión nauseabunda en el cerebro de Lara. Es un deseo que no es deseo de sexo, que no es deseo de saliva, que no es deseo de flujo vaginal, que no es deseo de sabor a metal, que no es deseo de sabor a sangre. Es un deseo de tierra, seca o húmeda, es un deseo de puñados de larvas, es un deseo de escuchar el chasquido de los huesos que se rompen, de vibrar con los relámpagos que estallan al chocar contra la tierra, de despertar al murmullo de las larvas que roen los ataúdes agrietados bajo el peso de la arena, la caída de obispos innertes, las gargantas resecas diez días después de haber sido despedazadas. Es un deseo de aire estancado, de cáscara de célula procariota, de tentáculos de protozoo, de entrechocar de pico de buitre, de maldad tecnofeudalista, es un deseo de acumulación de polillas, de moho en la fruta, de parlamentos de arañas, de uñas podridas, de años acumulados, de criptas y de catedrales, de traumas de la infancia, pero también deseo de muerte no religiosa, de velocidades imposibles, de planetas congelados, de bacterias inmunes a la fisión nuclear, de mala suerte en un plano cuántico.
Pero volvamos un momento a la realidad de más allá del cerebro de Lara. Son las 5 de la mañana. Lara está completamente desnuda y drogada. Su única ideología es estar de pie y lo expresa escupiendo saliva espesa por la boca. Con el rostro, bello sí, pero evocando la estupidez más absoluta. El bisturí acaricia la frente y de un solo paso profesional la piel se abre como una servilleta. La fenomenología de la cirugía cerebral resulta apasionante.
Nunca existió Satán. Siempre hubo una nave alienígena sobrevolando el puerto de Segovia. Sustituyeron a todos los Ignacios, y ahora van a sustituir a Lara. Han clonado a Lara. Van a soltarla esta noche y Lara va a cobrarse las vidas que encuentre a su paso. Nunca hubo Satán. Solo la tecnología alienígena sádica, orbitando en torno a este puerto, matando frívolamente a héroes del camino y clonándolos en lugar. Es una nave que funciona con IA. No puedes entenderla con la humanización que damos a nuestros LLMs. No puedes entenderla con nuestros parámetros. Es una IA alienígena sádica y neuropatológicamente obsesiva. El cerebro de Lara sufre a perspectivas industriales. El destino de la humanidad es una radiografía a las tres de la mañana, desnudo, muerto de frío y sin posibilidad de supervivencia. Anestesia, liquidez en los dientes.
Nunca hubo hombres heterosexuales machistas moderadamente drogadictos en el mundo. Nunca podrás empatizar con ellos.


Entiendo a Lara, yo también me obsesione con un drogadicto que eructaba mucho. Espero que no me clonen, que raro sería el mundo con muchas raqueles.
Magnético y espeluznante. Brutal.